jueves, 29 de noviembre de 2007

El tiempo corre.

{Nadie esperaba que ocurriera así. Tanto tiempo ocupado pero sin embargo de nada sirvió.}

En aquel pequeño pueblo sólo habitaban unas cuantas familias, las cuales no eran muy numerosas. Todos se conocían entre si, al parecer ya eran como una gran familia.

Había una familia en particular, la familia de Sebastián Rojas; doctor, padre y un buen marido. Había sido transferido hace algunos meses al pueblo, para trabajar como médico en una consulta que se había inaugurado no hace mucho.

Sebastián estaba casado con Natalie, una profesora de párvulos, con la cual había estado desde que entro a la universidad a estudiar medicina. Ya tenían una hermosa hija, llamada Catalina de cuatro años. Ambos estaban muy felices además se habían adaptado rápidamente al pueblo.

-Creo que ya nos hemos adaptado bien al lugar-dijo Natalie mientras peinaba a Catalina.

-Sí, además Cata ha hecho varios amigos-dijo él muy alegre.

-Ya Catalina, estás lista para ir a donde Isaac-dijo.

Sus padres se despidieron de Catalina y ella salió al antejardín a jugar con sus amigos, que eran los vecinos de al lado.

Al mes siguiente, comenzó un virus algo extraño. En un comienzo, sólo los ancianos presentaban estos síntomas(vómitos, mareos, fiebre, etc). Pero luego más gente del pueblo comenzó a tener los síntomas, Sebastián estaba investigándolo con otros médicos egresados de su universidad, pero era en vano. Se desvelaban tratando de buscar la cura, pero aún no la encontraban y no podían mantener a todos los enfermos en la misma consulta, ya que cada vez iba aumentando el número de enfermos y también iban aumentando las muertes ya que no podían mantenerlos a salvo.

Cada vez iba muriendo más y más gente en el pueblo. Familias enfermas y tristes por la ida de sus seres queridos. Constantemente exigían alguna solución a Sebastián y a los demás médicos pero... aún no encontraban la cura. Habían mandado algunos análisis a la ciudad para tener más ayuda en la búsqueda de la cura. Pero nada, cada día iba quedando menos gente y Sebastián se desesperaba por no poder ayudarlos, se sentía inútil en ese lugar.

-¡Quizá nunca debieron mandarme a este maldito pueblo!-grito Sebastián.

-Sebastián cálmate-dijo Natalie, tratando de calmarlo- no eres superhéroe para poder salvarlos a todos. No tienes todas las respuestas a los problemas y además sabes que no estás solo, nos tienes a nosotras y hay muchos más médicos atrás de ti ayudándote.

-Lo sé, pero... ¿sabes cuanta gente ha muerto y cuanta está en enferma?-pregunto, pero Natalie no respondió. Bueno es mucha gente, y no sabes lo que se siente llevar esta carga.

Natalie se acerco y lo abrazo. Sólo podía darle su apoyo, era quien más lo necesitaba. Realmente nadie del pueblo estaba de buen humor, todos enojados con Sebastián aunque él no tuviera la culpa. Siempre que hay algún problema se busca a quien culpar, pero en este caso no hay culpable.

Un mes más, la gente seguía muriendo pero ahora la familia de Sebastián estaba enferma. Sebastián trataba de bajar la fiebre de Catalina y de Natalie, realmente terminaba muy cansado pero no quería perder a su familia.

A los días siguientes llamaron a Sebastián de la ciudad para avisarle que ya habían encontrado de donde provenía el problema y su posible cura. Debía viajar a la ciudad nuevamente, pero no quería, no quería dejar sola a su familia ya que ellas no podían viajar por el estado en que se encontraban. Sebastián tenía que viajar, aunque era una difícil decisión la que debía tomar pero eso salvaría a su familia y a la poca gente que quedaba del pueblo(aunque ya quedaban sólo dos familias). El viaje no sería largo, al día siguiente ya estaría de regreso. Y así lo fue, encontraron una formula para que pudieran resistir más tiempo para así encontrar realmente de donde provenían los síntomas para poder salvarlos por completo.

Al día siguiente llego Sebastián muy alegre para poder dar el remedio a su familia y a los de el pueblo, pero primero que a nadie a su Catalina, quería salvarla a toda costa. Introdujo sus llaves a la cerradura, y abrió la puerta. Entro al hogar y camino hacía su cuarto, donde se encontraban Catalina y Natalie. Se acerco a ellas que al parecer estaban durmiendo, eso pensaba él, pero no era así. Las meció una y otra vez, besaba los labios de Natalie y nada, al parecer había muerto en la noche. Sebastián quedo perplejo, no entendía cómo le había sucedido esto a él y menos ahora que tenía una posible cura.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Nunca dijo nada.


Nadie le dijo nada, porque con nadie hablaba. Generalmente se encerraba solo en su cuarto, ni con su mamá hablaba, sólo se comunicaba con gestos. Él pensaba que era mejor no hablar, la última vez que había hablado mucho daño había causado.
Su madre sólo se limitaba a darle cariño, ya que por mucho tiempo había intentado que su dulce pequeño volviera a hablar.
Nuevamente se encontraba en su cuarto, tendido en su cama, mirando a aquel muchacho que caminaba hacía la ventana. Ambos se miraron, pero él puso una cara de extrañado, mientras el muchacho de la ventana sólo sonrió. Siguió mirandolo para ver qué haría. El muchacho comenzó a sacar su cuerpo por la ventana, dejando sus piernas colgando del marco de su ventana, sus manos afirmadas de los costados con temor y firmeza. Él seguía mirándolo, pero comenzaba a inquietarle lo que el muchacho haría, o quizá simplemente quería sentarse en su ventana. "Claro, un muchacho queriendose sentar en el marco de su ventana, cualquiera lo hace hoy en día"-dijo irónicamente para si mismo. Comenzó a cuestionarse, tratando de ver alguna manera para ayudarlo. Pensó en hablarle, pero tenía miedo. Hace unos meses atrás pensaba que ya había perdido su voz. Realmente no sabía qué hacer, quería ayudarlo pero sus estupidos pensamientos y presentimientos, de lo que podría pasar, lo aterrorizaban y así termino haciendo nada. El jóven de la ventana, cerró sus ojos, para dejar su cuerpo caer. Al momento de comenzar a caer del segundo piso, extendio sus brazos como alas y sonrió.
El muchacho no pudo quitar el asombro de su cara por lo que había visto. Sólo se limito a cerrar los ojos y olvidar todo lo ocurrido, pensar que sólo había sido una pesadilla o tal vez había sido un sueño, un sueño de un muchacho que quiso terminar con algo que no pudo continuar.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Casualidades

Y así pasaron los meses, semanas, días y horas. Pasando gran parte del tiempo pensando la posibilidad de...

Nuevamente estaba sentado ahí, adoro sentarme en los escalones y apoyar mi cabeza en las piernas; era mí posición perfecta para pensar las cosas ó simplemente para relajarme. Estaba sentado en las escaleras de mi casa, mirando a Bompy jugar con el balón de un lado para otro. Pero realmente mi cabeza estaba ocupada en otras cosas; claro, por supuesto era la paz mundial y la contaminación. Qué irónico, pero mis pensamientos nuevamente estaban centrados en ella, sí, ella. La cruel muchacha que solía ver. Nunca había sido mi intención conocerla, pero muchas cosas de las que he planeado no resultan.

Y aquí voy nuevamente, pensando horas y horas en ella. La cruel muchacha que se apodera de mí. Queriendo sacarla pero sin saber cómo.

Las cosas no marchaban bien, nunca lo marcharon. Pero últimamente iban empeorando. Solía toparme con ella, sola, pero ahora no; debía toparme con ella y su novio. Si hubiera sabido cuanto me dolía verla con él. Verla tomar su mano, verla sonreírle a él, verla abrazándolo y más aún, cuando la veía sola de inmediato venía la idea a mi mente de que estaba pensando en él.

Sin entender estoy, pensando por qué, a pesar de que sé que está feliz con alguien, sigo pensando la posibilidad de que alguna vez pudiera verme de esa manera a mí. Ironía es la única palabra que asimilo con esto, pensando en posibilidades, en cosas que no ocurrirán.

Desde hace sólo unos días, que la he dejado de ver y creo que me hace bastante bien. A este paso me acostumbraré y no sufriré de la manera que lo estoy haciendo. Lo que menos quiero es topármela, las recaídas son fatales para los enfermos y para mí ella era mi enfermedad. La enfermedad sin cura, la tristeza abundante en mí, la alegría sin tocarme, la rabia sin razón, creo que era la que ocasionaba (o al menos era parte) de cada cosa que me sucedía.

Dos meses van, dos meses vienen. Sigo mirando aquella banca donde solía sentarse a dibujar bocetos. Tomaba su cuadernillo y se sentaba gran parte de la tarde en el parque a dibujar a las personas que pasaban o simplemente algo que le llamase la atención. Aquel día viernes, caminando por la acera enfrente al parque, mirando el suelo como punto fijo. Algo hizo que girara mi cabeza en dirección a la calle, y pude ver como un auto freno fuertemente. La gente comenzó a acercarse al lugar, formando un circulo. Mire como rápidamente salió el conductor del auto a ver lo que ocurrió. Era algo extraño “un atropello- pensé”. Cosa rara, nunca había visto uno por estos sectores. Camine hacía donde estaba la gente. Mire a una señora que estaba llorando y decía: “mi niñita”. “Quizá era su hija-pensé nuevamente.” Me acerque a ver , cuando sentí un frío aire correr en mi cara. Mis ojos nunca había estado más abiertos, mire el suelo y no podía creerlo; era ella, Anna. Sentí mis piernas tambalear, sólo quería caer al suelo. No sabía que hacer, tomar su mano o alguna caricia. “Drake qué piensas-dije para mí.” Trataba de sostenerme lo más que pude en mis piernas para seguir caminando; ahora sería frío. Salí de la multitud y comencé a caminar, podía sentir una fuerte punzada en el pecho, sentir mis ojos húmedos al punto de querer llorar y no parar hasta poder calmarme. Pero guarde todo lo que sentía en ese momento y seguí en la misma dirección; caminar rectamente. Camine cuadras y cuadras para poder despejarme, alejarme. Caminaba sin sentido y comenzaba a cuestionarme muchas cosas, pero no les di importancia. Llegue a un punto de no poder caminar más hasta que me detuve y baje mi mirada al piso nuevamente. Pero preferí seguir, a pesar de lo cansado que estaba. Levante mi mirada, con la intención de continuar adelante, cuando de pronto mire al frente mío y vi a una muchacha, muy parecida o mejor dicho, casi igual a Anna. Sonrió gentilmente y siguió su camino. Cómo podía aparecer alguien igual a ella en ese momento, en el momento que más quería estar con ella. El viento nuevamente comenzó a correr, pero esta vez no era una simple brisa, era un viento desagradable. Nuevamente con la intención de seguir mi camino, pero sólo con un pestañeo y caí al suelo.

Perdiendo el conocimiento absoluto de lo que ocurría; el tiempo ya no pasaba para mí en ese instante. Sólo recuerdo una única cosa en mi cabeza, mi estupidez. Siempre planeando las cosas y no actuaba, meses, tantos meses que había esperado para quizá poder acercarme a ella y ahora, que ella estaba ahí no hacía nada. Sólo unos minutos creo que permanecía en el suelo, ya que cuando desperté no había nadie a mi alrededor, solamente estaba yo. Por última vez seguiría mi camino, pero esta vez era en dirección a donde estaba Anna.

Las ganas de verla a ella nuevamente, quizá por última vez, les ganaban a mis ganas de descansar un momento. Pensamientos abundaban en mi cabeza. Aún quedaba más de medio camino cuando vi a una gente venir, al parecer venían conversando pero quizá era algo importante ya que ambos señores tenían una cara de preocupación. Al pasar por mi lado pude alcanzar a escuchar algo.

-Al parecer no pudieron hacer nada-dijo el señor del lado derecho, quien llevaba un sombrero.

-Pobre muchacha, era tan joven-dio un suspiro- y no pudo salvarse-dijo el otro señor.

No podía ser, Anna había muerto tal vez. Preferí acercarme a los señores para poder preguntarles bien. Me acerque a ellos y les hable; al fin y al cabo era cierto. Esta vez, si que no camine más. Me tendí en el pasto de la gran alameda por la cual iba caminando, cerré mis ojos y pude divisarla ahí; esa sería la última vez que la vería a ella.